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Cómo elegimos lo que horneamos

Harina de verdad, mantequilla de verdad, nada que no sepas pronunciar — por qué nuestros horneados saben distinto (y te sientan distinto).

Un croissant se puede hacer barato o se puede hacer bien, y casi nunca son la misma receta. El barato lleva margarina en vez de mantequilla, mezclas industriales que rinden más pero saben a menos, y conservantes para aguantar días en vitrina. Nosotros elegimos el otro camino: mantequilla de verdad, harinas que reconocés, huevo de verdad — nada que necesite una lista de quince ingredientes para explicar qué es.

Cuesta más y deja menos margen, pero se nota: en que el hojaldre se rompe en capas y no en migajas de aceite, y en que no queda ese regusto pesado media hora después de comer.

Ahí entra también la parte de sentirse bien. No es que un croissant sea “saludable” — sigue siendo mantequilla y harina — pero hay diferencia entre un azúcar que sube y baja de golpe y uno que viene acompañado de ingredientes que tu cuerpo reconoce y no le cuesta procesar. Comer rico y sentirte bien después no tendrían por qué pelearse.

Por eso horneamos temprano y en tandas chicas: para que lo que sale del horno acá, en Fusagasugá, sea eso — no una versión que aguantó toda la semana en una bodega.

L–S 10:00–20:30 · Dom 14:00–20:00